Cuando una familia recibe la noticia de que un ser querido necesita ingreso en una unidad de cuidados intensivos, el primer instinto suele ser el mismo: ¿debería estar en un hospital grande de Madrid o Barcelona? Es una pregunta comprensible, cargada de miedo y de un sesgo cultural profundamente arraigado. Pero la respuesta, en España, resulta mucho más matizada de lo que cabría esperar.
Un modelo que nació descentralizado
La medicina intensiva española no creció desde un centro hacia la periferia. Creció en paralelo, como una red. Cuando las primeras UCIs empezaron a aparecer en los años setenta, lo hicieron en hospitales de todo el territorio nacional. La especialidad se reconoció oficialmente en 1978 con un programa formativo propio de cinco años, dos troncales y tres de formación, en una unidad de cuidados intensivos acreditada para la docencia.
Ese origen marcó una diferencia fundamental respecto a otros países. En Francia, la tradición académica centraliza buena parte de la innovación médica en los grandes hospitales parisinos. En el Reino Unido, el NHS opera a través de trusts centralizados que concentran la toma de decisiones. En Corea del Sur, el modelo de trauma centralizado ha demostrado eficacia en resultados clínicos, pero a costa de trasladar pacientes a distancias considerables. Japón, con su modelo descentralizado en Tokio, enfrenta el problema opuesto: cada centro maneja un volumen bajo de casos graves, lo que dificulta mantener la pericia.
España eligió, quizá sin proponérselo del todo, un camino intermedio.
Los datos que desmontan el mito
Cada año, distintos rankings evalúan la calidad de las UCIs españolas. Los resultados desafían consistentemente la intuición centralista. En 2023, cuatro UCIs andaluzas —Virgen del Rocío y Virgen Macarena en Sevilla, Reina Sofía en Córdoba y el Hospital Regional de Málaga— se situaron entre las quince mejores del país. Hospitales en Valencia, Toledo, Tenerife y Baleares aparecen regularmente en posiciones destacadas en reputación por especialidad.
¿Por qué ocurre esto? Varias razones confluyen.
La primera es el modelo polivalente del intensivista español. Un único especialista formado durante cinco años puede manejar la inmensa mayoría de las situaciones críticas que se presentan en un hospital, las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Esto resulta especialmente eficiente en hospitales medianos, donde la presencia de un intensivista competente compensa la ausencia de subespecialidades hiperdesarrolladas.
La segunda es la red de trasplantes. España lidera el mundo en donación y trasplante de órganos desde hace más de dos décadas, y esa red no funciona solo desde los grandes hospitales. Los intensivistas actúan como coordinadores de trasplantes en centros de todo el país, lo que exige —y genera— un nivel de competencia clínica y organizativa que eleva la calidad asistencial de forma transversal.
La tercera tiene que ver con la formación MIR. El sistema de residencia distribuye a los nuevos especialistas por todo el territorio nacional, y muchos hospitales comarcales ofrecen experiencias formativas que, paradójicamente, pueden ser más ricas que las de un gran hospital donde el residente compite con decenas de compañeros por cada caso clínico.
Lo que no funciona igual en todas partes
Sería ingenuo afirmar que no existen diferencias. Las hay, y son relevantes. Los hospitales con programas de ECMO, cirugía cardiaca compleja o trasplante hepático se concentran, lógicamente, en centros terciarios que suelen estar en ciudades grandes. Un paciente que necesita una terapia altamente especializada sí se beneficia de estar en un centro de referencia.
Pero la medicina intensiva no se reduce a la máxima complejidad. La mayoría de los ingresos en UCI responden a sepsis, insuficiencia respiratoria, postoperatorios complicados, patología coronaria aguda o politraumatismos. Para esos casos —que son la inmensa mayoría—, la proximidad geográfica y la continuidad asistencial tienen un peso clínico real. Un traslado innecesario a cientos de kilómetros no solo genera estrés familiar; puede empeorar el pronóstico.
Descentralizar no es improvisar
La experiencia internacional enseña que la descentralización sanitaria solo funciona cuando va acompañada de estándares comunes, auditorías regulares y mecanismos de coordinación. La descentralización mal gestionada ha generado problemas de inequidad en países como Rusia tras el colapso soviético, o tensiones en Italia y Brasil entre autonomía regional y estándares nacionales. Noruega, que descentralizó su sanidad en los años setenta, acabó recentralizando en 2002 al constatar que la fragmentación generaba desigualdades inaceptables.
España se enfrenta a un riesgo análogo. Su sistema de diecisiete comunidades autónomas puede ser una fortaleza —porque permite adaptar recursos a necesidades locales— o una debilidad —si las diferencias en financiación y dotación de plantillas se traducen en UCIs de primera y de segunda—. El reto no es centralizar ni descentralizar más, sino asegurar que la calidad no dependa del código postal.
Reflexión final
La pregunta «¿debería ir a Madrid o Barcelona?» parte de una premisa que en España es, como mínimo, discutible. El sistema de medicina intensiva español se construyó como una red distribuida, y en muchos indicadores esa red funciona notablemente bien. El paciente crítico en Sevilla, Córdoba, Valencia o Tenerife no está necesariamente peor atendido que en los grandes centros capitalinos.
Eso no significa que no haya margen de mejora. Significa que la conversación debería centrarse menos en dónde está el hospital y más en cómo se mantienen y auditan los estándares de calidad en cada UCI, independientemente de su ubicación. El modelo español tiene algo que enseñar al mundo en este sentido, pero solo si se cuida.
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